Los resultados mostraron que los participantes podían mantener la mano en el agua fría durante más tiempo mientras decían groserías, lo que sugiere que las malas palabras pueden tener un efecto analgésico.
"Decir groserías es algo que ha existido durante siglos y es un fenómeno lingüístico humano casi universal. Nuestra investigación muestra una posible razón por la cual se desarrollaron las palabrotas y por qué persisten", explicó Richard Stephens, uno de los investigadores.